VANDALIZACION  
de  la
PROFESION MÉDICA
en
PUERTO RICO

por
WALTER ROSICH









No hay orgullo sin virtud
No hay virtud sin valores
La vida humana es un valor absoluto;
el supremo criterio del bien y el mal.

                                 W.R.


Dedicado a
los enemigos de la verdad,
por su estímulo.



PROLOGO


La Era del Oscurantismo, conocida como la primera Edad Media (400-1000 DC) se caracterizó por la ignorancia, el despotismo, la superstición y el barbarismo sin límite.  Este aborrecible lapso de historia culminó el proceso de desmantelación de las dos grandes civilizaciones de la antiguedad, la griega y la romana.
El impresionante florecimiento intelectual de griegos y romanos fue marchitado por el fuego y hierro de hordas de bárbaros dedicados al saqueo y pillaje.  Así la civilización helena, luego de la  conquista macedonia, sufrió transformaciones que presagiaron su eventual decadencia.  El Imperio Romano del este, con cede en Roma, fue acosado insistentemente por tribus de guerreros bárbaros germánicos: los Godos.  Aunque la caída del imperio romano se debió a múltiples razones, no deja de ser significativo que la desaparición de esta civilización marcara el principio del dominio barbárico de los teutones germánicos en Europa occidental.
Toda la ilustración de las civilizaciones greco-romanas fue pisoteada por estas hordas de guerreros dedicadas al asalto y saqueo durante los siglos IV y V.  La civilización habría de detenerse por el resto del milenio.

Una de estas tribus germánicas logró establecerse al norte de África, particularmente en Cartago (429 DC-534 DC).  Se le conocía como los vándalos y lograron cierto dominio de la región por medio de acuerdos con Roma.  Ante las tribulaciones del imperio a causa de los constantes ataques bárbaros, los vándalos saquearon Roma en 455 DC.  El reino de éstos fue destruido en 533 DC por los romanos y desaparecieron sin dejar rastro en la historia.  Sólo son recordados por su asociación a actos destructivos sin propósito alguno.  El término moderno vandalismo está asociado a la devastación de valores, a la aniquilación de lo bueno por ser bueno, a la destrucción de aquello que sobrepasa la capacidad de aprecio.
Al igual que las culturas bárbaras diluyeron los más granados logros de las civilizaciones antiguas, en estos tiempos podemos oír los tambores de guerra de los modernos vándalos que se agazapan a las puertas de nuestra civilización con la intención de saquear nuestros más preciados valores.
Los bárbaros modernos no han de asaltar nuestra civilización a hierro y fuego, sino socavando los principios de la libertad de los individuos por medio del poder.  Decía James Madison en 1788:  AI believe there are more instances of the abridgement of the freedom of the people by gradual and silent encroachment of those in power than by violent and sudden usurpations".  Esa gradual y silente acotación de las libertades ciudadanas ha erosionado los pilares sobre los cuales descansan los valores de nuestra civilización.  Le ha llegado el turno a la profesión médica.
Es muy ilustrativo el recuento histórico sobre la evolución de los principios éticos de la profesión médica que hace el Dr. Miguel Faría, Jr., médico e historiador de Macon, Georgia en su libro "Vandals at the Gates of Medicine" (cuyo título ha inspirado el de este libro, no por falta de originalidad, sino por el acierto de la metáfora).  En la época de oro de la civilización griega los médicos gozaban de gran distinción.  Eran poseedores del arte de curar para lo cual, además de los conocimientos y habilidades propias del oficio, debían dominar la filosofía.  El conocimiento de la esencia de las enfermedades requería la comprensión de las leyes de la naturaleza y un código moral para la intervención.  La capacidad para aplicar la lógica a la experiencia brindó a estos científicos la confiabilidad que emana de las explicaciones racionales sobre el proceso de enfermar.

Las cualidades desarrolladas por estos dedicados médicos y la importancia social de sus labores les permitió el ejercicio de sus artes con gran independencia de criterio con la mínima ingerencia del Estado y otros sectores de la sociedad civil.  Se les requería a los pacientes que asumieran responsabilidad en la selección de su médico de tal manera que pudieran discriminar, por sus méritos (experiencia, credenciales académicos...), los servicios disponibles.
La excelente descripción del Dr. Faría de la relación entre médicos y pacientes a lo largo de nuestra historia nos induce a considerar la malignidad envuelta en los nuevos esquemas de prestación de servicios médicos propuesto por los políticos de nuestros días.  La relación entre el médico y su paciente ha sido de carácter íntimo y privado, bajo genuinos principios éticos y compasión sin coerción.  Esta relación libre de interferencias, conflictos de intereses e intermediarios está herida de muerte.
El ataque despiadado a los principios fundamentales de la práctica médica ha logrado su más alto grado de letalidad con la instalación de la Reforma de Salud de Puerto Rico.   Los vándalos están a las puertas de La Casa de la Medicina con intención de saquear el tesoro milenario que se nos ha confiado.  Nos han tomado por sorpresa de la misma manera que saquearon a Roma.
Si bien el Presidente Clinton tuvo el buen gusto de fomentar un amplio debate nacional al respecto, nuestro gobierno se ha escudado en hipócritas eufemismos (alto costo de los servicios médicos públicos, sistema dual de prestación de servicios médicos...) para atragantarnos con un sistema de salud inmoral sin encomendarse a nadie y con el más absoluto desprecio por las opiniones divergentes.
La Reforma de Salud del Presidente Clinton quedó aplastada por el peso de la razón.  Los médicos norteamericanos lograron convencer al Congreso y a la ciudadanía de lo deletéreo que resulta ser la introducción de conflictos de intereses económicos en la relación médico-paciente.  Le recordaron a los congresistas las funestas consecuencias de anteriores intentos del gobierno en interferir en la prestación de servicios de salud (Medicare/Medicaid).

En Puerto Rico la reforma de salud está a medio camino y todavía la mayoría de los médicos del país desconocen las interioridades del nuevo sistema.  Este estado de confusión ha sido oportunistamente interpretado como consenso y aprobación.  Lo cierto es que en aquellas reuniones en las que he expresado mi opinión al respecto, la reacción entre mis colegas ha sido una mezcla de asombro e indignación.  Si esto es así entre los médicos, podrá usted intuir el desconocimiento entre los pacientes que han de recibir estos servicios, en relación a las estrategias de racionamiento de servicios impuestos por este sistema (capitación, cuidado dirigido...).
Por esta razón he decidido presentar los detalles de esta Reforma de Salud y expresar algunas opiniones sobre las consecuencias a corto y largo plazo.  Sólo espero que la celeridad con la que he tenido que abordar esta empresa no tenga un costo en términos de claridad y elocuencia.
Algunos lectores pensarán que es una exageración imperdonable adscribirle a una reforma de salud, un carácter escatológico.  Reciban éstos la más afectuosa y sincera invitación a examinar la evidencia expuesta en este texto.  Si la malignidad de esta reforma de salud afectara sólo a la profesión médica vulnerando la relación fiduciaria entre médico y paciente o alterando la autonomía y criterio del clínico en favor de ahorro de dinero, ésto por sí sólo, sería razón suficiente para la más encarnizada oposición.  Pero no es así, esta reforma es algo más; es una pieza adicional de un mosaico ideológico que ha conducido a nuestro país a una degeneración social que imposibilita la vida civilizada.  No es un asunto de status o de colores partidistas, sino de principios y fundamentos sobre los cuales se establece un orden social para beneficio de todos.
Esta vez podremos resistir el asalto de los bárbaros porque estamos armados de la razón.