CAPITULO 6

El estado es la gran ficción
por medio de la cual todo el
mundo trata de vivir a
expensas de los demás

Frederick Bastiat,1850


  
                            

MEDICINA, IDEOLOGIA Y POLITICA

Si usted ha leído hasta aquí, le será inevitable la percepción de lo que algunos podrían denominar como contradicciones ideológicas.  Hablar del carácter genuinamente compasivo de la medicina y criticar, al mismo tiempo, programas gubernamentales para proveer servicios de salud a los necesitados, particularmente los envejecientes, parecería no sólo contradictorio, sino una cruel deshumanización.  Les digo que no lo es.  Para afirmar que los principios sobre los cuales hemos organizado nuestra sociedad no son totalmente correctos, bastaría con examinar objetivamente nuestra realidad inmediata.  Cuando un ciudadano es asesinado en la calle (o en su propio hogar) por unos cuantos dólares, cuando las personas desentienden la educación como una alternativa de adelanto de sus vidas, cuando el pillaje y saqueo se extiende a las altas esferas gubernamentales, cuando el aprecio por la mediocridad es rampante, cuando la razón y la honestidad son motivos para la persecución... entonces nuestra civilización marcha en retroceso por la dependencia e irresponsabilidad de la ciudadanía.

Ninguna reforma es capaz de modificar este curso hacia el desastre de nuestra sociedad mientras los principios sobre los cuales descansa no sean atemperados a la realidad.  Esta hazaña requerida ha ocurrido varias veces a lo largo de nuestra historia.  El Renacimiento, por mencionar alguna, trastocó los principios de la civilización medieval europea; la racionalidad sobre el misticismo (Aristóteles sobre Platón), el individualismo sobre la mansedumbre, las monarquías nacionales sobre los feudos (algo parecido a la globalización económica actual, en perspectiva) y el libre comercio.  El resultado de esta revolución fue una explosión de creatividad y racionalidad que puso fin a la época del oscurantismo.  Esto representó un salto cualitativo para la humanidad como si de alguna manera, las nuevas ideas proveyeran un beneficio limitado, requiriéndose entonces otra nueva era con ideas en un plano superior.  Esto es lo que denominamos progreso.  En este momento, final del siglo veinte, no estamos progresando, sino reformando y contra-reformando ideas y principios que han probado ser incapaces para detener el deterioro de nuestra civilización.
Es patética la ocurrencia, tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico, de un movimiento reformista basado en una reformulación administrativa del gobierno como sugieren David Osborne y Ted Gaebler en su libro Reinventing Government, el cual estaba obsoleto e impertinente al momento mismo de su publicación.  Por eso les digo, mis queridos amigos, que si bien la reforma de salud propuesta, aquí y allá, es deletérea para los principios de la profesión médica, es además, una pieza adicional de un equivocado mosaico sociopolítico que nos conduce a un callejón sin salida de nuestra historia.  Permítame algo más de su tiempo para argumentar sobre esta opinión colocando la reforma de salud en su contexto inmediato, la beneficencia pública y ésta a su vez, en el marco ideológico de la filosofía política (relación entre ciudadanía y gobierno).



LA BENEFICENCIA PÚBLICA

Aunque la beneficencia pública ha existido a lo largo de la historia de diversas maneras y con distintos propósitos, la modalidad que nos ocupa, beneficencia como derecho, financiada por el estado por medio de impuestos a modo de redistribución de la riqueza, fue puesta en vigor en Alemania durante el siglo pasado por el príncipe de Bismarck, Otto von Bismarck (1815-1898).  El Canciller de Hierro, como se le conocía, estableció medidas sociales para el sostenimiento de los enfermos, envejecidos y desempleados.  Muchos historiadores, sin embargo, cuestionaban el carácter altruista de Bismarck.  Las guerras napoleónicas habían dejado la confederación de estados bajo una cohesión endeble.  Para recuperar el poderío, la nación requería transformar su economía de agraria a industrial, como ocurría en el resto de Europa.  Esto, además de la recuperación de aquellos estados bajo influencia austriaca y la evidente intención bélica germana, requerían un paternalismo y proteccionismo estatal que fomentara el nacionalismo.  Esto debería reducir, como lo hizo, el descontento laboral como el ocurrido en occidente a consecuencia de la transición del agro a la industria, además, crear soldados fuertes y fieles.

El éxito de esta estrategia estuvo respaldado por la filosofía política germana: el individuo debía someterse al estado, el cual debería dirigir todas las funciones de la sociedad en beneficio del interés nacional.  Este paternalismo y proteccionismo alemán se tornaría en dependencia ciudadana en el estado que conduciría a este pueblo a varios desastres militares en el siglo veinte.  El mismísimo Adolfo Hitler, algún tiempo después, lograría un nacionalismo a ultranza por medio de estrategias similares.  Su partido nazi (palabra derivada de nacional socialista) fue un gran benefactor paternalista del pueblo alemán.  Para el resto del mundo resultó ser la maquinaria asesina más grande de la historia.
El moderno welfare state, esto es, la beneficencia pública como obligación del estado, debe su paternidad al británico William Beveridge.  La función del estado hasta ese momento (1942), según la ideología liberal (Locke y los utilitaristas) era el orden,  la seguridad pública y defensa nacional (laissez faire).  El estado debería proteger la libertad del individuo para actuar según su decisión dentro de los confines precisos de los derechos constitucionales (sin violar el derecho de los demás).  La ayuda a los necesitados provenía del sector privado como la Iglesia y otras instituciones filantrópicas (incluida la medicina).  Ya desde finales del siglo 19 se consideraba la idea de una beneficencia estatal como consecuencia de la expansión europea de las ideas socialistas y comunistas.  La devastación del Reino Unido por la Segunda Guerra Mundial precipitó la enunciación de la adopción estatal de la beneficencia pública (entre otras cosas, la creación del NHS).
Esta beneficencia pública estaba regida por unos principios de tal manera que resultara ser una medida de justicia social.  La asistencia social prestada al ciudadano infortunado debería ser la suficiente para lograr la mera subsistencia del individuo, manteniéndole, deliberadamente, por debajo del nivel de bienestar.  De esta manera el beneficiario estaría asistido en su responsabilidad para elevarse al nivel de bienestar.  Una asistencia social muy generosa quedaría lejos de lograr estos propósitos pues, logrado un nivel de bienestar provisto por el estado, el ciudadano no tendría incentivos para mejorar su situación por medio de su esfuerzo (trabajo, educación...).  De esta manera se logra una solución ecléctica a la pobreza; socialismo e individualismo en una justa medida como prefería John Stuart Mill, al final del siglo pasado.

La validación de este welfare state está fundamentada en varias premisas: Primero, la pobreza afecta la estabilidad de la sociedad perjudicando a todos.  Segundo, el infortunio o la desventura no son predecibles, ni en muchos casos, evitables.  La distribución del riesgo entre todos los ciudadanos es beneficioso.  Podemos mencionar dos premisas adicionales muy ligadas a filosofías particulares que tienen una gran influencia socio-política.  Tercero, las riquezas son limitadas.  Si un grupo pequeño se adueña de una buena parte de éstas, la mayoría restante deberá vivir en pobreza.  Para lograr justicia social se debe redistribuir la riqueza por medio de la fuerza (marxismo) o coerción por medio de la autoridad del estado, esto es, confiscación de riquezas a través de impuestos (democracias socialistas o social democracias).  Cuarto, la influencia judeo cristiana (mal interpretada) que propone el sacrificio personal en favor del prójimo como un acto de virtud.

Todos estos argumentos son inválidos y no resisten el calor de la razón.  Si bien es cierto que la pobreza repercute en inestabilidad social que perjudica a todos, es más cierto aún que la solución no es la beneficencia sino el trabajo productivo y la educación.  Los argumentos en relación a la imposibilidad para predecir el infortunio o los abatimientos del azar colocan al hombre en una etapa animal previa a la actual, con el perdón de los animales.  El hombre no puede saber el futuro pero sí asumir responsabilidad por sus acciones.  Aunque algunas enfermedades ocurran de manera impredecible, un seguro médico le permite responder a tal ocurrencia sin afectar a nadie.  Una persona cabeza de familia que decida recrearse practicando el paracaidismo sin un seguro de vida, actúa irresponsablemente.  La irresponsabilidad (incapacidad para responder por sus acciones) de los individuos aumenta bajo el amparo paternalista del estado.  El paracaidista del ejemplo anterior que  sabe que el estado asumirá la responsabilidad contraída con su familia (alimento, casa, educación, salud...) probablemente no compre un seguro de vida.  Es curioso el hecho que entre "aquellos infortunados que no tienen un seguro médico" según la retórica de Clinton en defensa de su SUS, más de la mitad pueden pagarlo.  Si estos ciudadanos ejerciendo su libertad deciden invertir su dinero en otra cosa o actividad, no es justo que otro trabajador asuma su responsabilidad en caso de enfermedad.  Más que azar, es la irresponsabilidad lo que hace incierto el futuro de muchas personas  (sin negar lo primero).
La teoría marxista en relación al carácter adversativo o de lucha entre los individuos en sociedad descansa sobre un principio inválido: la limitación de las riquezas.  A veces pienso que esta teoría ocurrió en la mente de Marx luego de observar colonias de animales salvajes en vez de humanos viviendo en sociedad, pues está saturada de cierto darwinismo.  Los animales dependen para su sobrevivencia de lo dado, de la naturaleza, del contexto.  De esta manera, lo necesario para sus vidas es limitado.  Cuando una colonia de simios acaba con el alimento de un territorio deberán moverse para permitir la renovación de lo usado.  Si el nuevo territorio está ocupado, deberán competir por el recurso limitado estableciéndose así la lucha por la sobrevivencia (del más apto).  Esto le imparte a la naturaleza un carácter adversativo (no contradictorio) que promueve el progreso.  Sin embargo, aplicar el genial darwinismo al humano es ignorar su cualidad más importante: la razón, que engendra la virtud de productividad la cual a su vez, establece la moralidad del derecho a ser dueño de lo producido.
De esta manera, el humano se independiza de la limitación impuesta por la naturaleza a los demás animales y se convierte en un ente productor.  Para él, los recursos para sobrevivir y buscar su felicidad y bienestar, no son limitados.  La redistribución de la propiedad privada de los productores entre los individuos improductivos, por medio de fuerza o coerción, carece de validez moral y nos coloca en un contexto de una irracional animalización (como miembros de las hordas bárbaras de Atila).  En una sociedad libre de individuos productivos, no es necesaria la adversión.

El argumento judeo cristiano sobre la virtud del sacrificio personal, me parece una interpretación muy oportunista por parte de los regentes políticos y eclesiásticos a lo largo de la historia.  La moral judeo cristiana en relación a los principios de convivencia social, quedan diametralmente claros en 2 Tesalonicenses 3:10: "si alguno no quisiere trabajar, tampoco coma".  En estos versos, Pablo es categórico, explícito y contundente.  Dice además en 3:8: "ni comimos el pan de ninguno de balde; antes obrando con trabajo y fatiga de noche y de día por no ser gravosos a ninguno de vosotros". Qué hacer con aquellos "fuera de orden y ocupados en curiosear", como los califica Pablo?  3:14: "...y si alguno no obedeciese a nuestra palabra por carta, notad al tal, y no os juntéis con él, para que se avergüence".  3:15: "...más no lo tengáis como a enemigo, sino amonestarle como a hermano".
Estos versos encierran toda una filosofía ética y política con la cual, por mera coincidencia, concurro.  Primero le adscribe un carácter privado al producto del trabajo individual.  Segundo, advierte que la necesidad es la motivación principal para el trabajo y esfuerzo, principio que debe llevarse hasta las últimas consecuencias según se desprende del "... que no coma".
Es por esta razón que pienso que la beneficencia pública es adversa para ambas partes, el que da y el que recibe.  El que da adquiere poder sobre el que recibe, el gobierno en este caso (pues para los contribuyentes esta expropiación de fondos ocurre bajo coerción).  El que recibe desarrolla una dependencia del poder benefactor, pierde la motivación para superar la adversidad, se le derrumban los principios éticos del trabajo, aumenta la desconfianza en la educación como medio para lograr bienestar y se arresta el desarrollo de las virtudes, valores y el orgullo que de esto se deriva.  Más maligna es la beneficencia cuando se convierte en una fábrica de votos.  Sépanlo de una vez y por todas, políticos cabeciduros, mejorar la beneficencia pública y aumentar la dependencia del ciudadano en el estado no mejora la pobreza, todo lo contrario.

Esta indigna condición que fomenta el welfare state desvaloriza al beneficiado y crea una adversión social que fertiliza el terreno para la violación de los derechos de los ciudadanos por medio de la acción criminal de algunos.  Cuando estos efectos secundarios ocurren en un país de limitada beneficencia pública, la sociedad es capaz de absorber la malandanza.  Puerto Rico es el mejor laboratorio social para el estudio de los efectos perniciosos de una beneficencia pública descontrolada.  La otrora nación de personas buenas, trabajadoras y orgullosas, ha sido convertida en una madriguera de vagos y una guarida de criminales que hace imposible la convivencia civilizada de productores honestos.  Se ha comprado con cupones y tarjetas de salud la dignidad de un pueblo que ha sabido sobreponerse a una larga historia de abusos políticos.  Que no crea nadie, ni por un frugal momento, que este orden de cosas pueda cambiar por medio de la alzada de la sociedad civil en pos de una limpieza gubernamental de políticos carentes de ideas inteligentes, como pretendemos hacer cada cuatro años.  La raíz del problema radica en el poder que le hemos otorgado al estado para controlar y dirigir la vida ciudadana.
Antes de hacer unos comentarios sobre lo que es y lo que debería ser la función del gobierno en una sociedad libre, permítame incluir en este texto una parábola contada por el Dr. Miguel Faría en su libro ya citado y que le es atribuida al congresista Stephen Pace bajo el título Whose Bread I  Eat-His Song I Must Sing, aunque recientemente se le conoce como The Pig's Pen (El corral de cerdos).
    Hace muchos años, río abajo donde este hace un gran codo en herradura, vivía una manada de cerdos salvajes (wild hogs).  Nadie nunca supo de donde vinieron pero sobrevivieron inundaciones, fuegos, heladas, sequías y cazadores.  La más grande alabanza que cualquier hombre pudiera hacer a su perro era decir que peleó con los cerdos de Horse-Shoe Bend y volvió vivo.  En ocasiones, algún cerdo era matado por los perros o por escopeta, lo cual era motivo de conversación por años.

    Finalmente apareció un hombre en la tienda del camino al río y preguntó sobre el lugar en el cual se encontraban los cerdos.  Vino en una carreta tirada por un caballo, tenía un hacha, unas colchas, una linterna, algo de maíz y una escopeta.  Era delgado, de lentos movimientos, paciente y mascaba tabaco, aunque rara vez escupía.
    Al cabo de varios meses volvió a la tienda en busca de ayuda para traer los cerdos.  Decía tenerlos todos cautivos en un corral en el pantano.
    Los aturdidos granjeros, suspicaces cazadores y el dueño de la tienda se reunieron en Horse Shoe Bend a contemplar los cerdos capturados.
    "Fue muy sencillo", dijo el hombre.  "Primero puse algo de maíz.  Durante tres semanas no comieron.  Entonces, algunos de los más jóvenes, agarraron algunas mazorcas y corrieron de vuelta a los matorrales.  Pronto estarían todos comiendo.  Fue cuando comencé a levantar el corral alrededor del maíz, un poco más alto cada día.  Cuando noté que todos esperaban por mí para comer maíz y que habían dejado las bellotas y raíces, construí la puerta de la trampa.  Naturalmente, montaron un alboroto al verse atrapados.  Puedo acorralar cualquier animal en la faz de la tierra con tan sólo lograr que dependan de mí para algo gratuito" (depend on me for a free hand-out, en el original).



UN CASCABEL PARA EL GATO

Cuando conocí los primeros detalles de esta reforma de salud, no pude evitar recordar The Pig's Pen.  Les están echando maíz a los médicos... y están comiendo.  Cuando nos percatemos de la encerrona, sólo nos quedará montar un alboroto.  Nada nuevo o ingenioso hay en esta estrategia; es lo mismo que ha estado haciendo el gobierno federal con todos los puertorriqueños por muchos años y con muchos norteamericanos por más tiempo aún.
Lo que ocurre es que nuestra democracia no es tan sólida como pensamos.  Si estoy equivocado, que alguien me explique cómo es posible que un político advenedizo, sin experiencia y temiblemente enredado ideológicamente, pueda despachar de un plumazo, todo el acervo ético-moral de una milenaria y venerable profesión.  Mientras tanto los legisladores se muerden los rabos los unos a los otros sin atreverse a ejercer el oficio y asumir su responsabilidad constitucional (check and balance).  Este gobierno ha gastado una millonada en publicidad, sin embargo, los médicos ni siquiera nos enteramos de alguna convocatoria para vistas públicas respecto a la reforma (si es que las hubo).  En EE.UU. no sólo fue candente el debate público sobre la reforma de salud del Presidente, sino que fue derrotada en el Congreso con votos demócratas.
Nuestra democracia está enferma de gobierno.  La enorme dependencia de la sociedad en el gobierno ha aumentado el poder de los políticos para regentar nuestras vidas.  Esta faena se ha logrado por medio de una intensa torsión de nuestros valores y principios.  El chantaje moral al que hemos estado sometidos distorsiona los fundamentos de la vida en sociedad.  La identificación de alegados "valores superiores" o la coercitiva compasiónpor el prójimo han sido utilizados por los políticos para ablandar el eslabón que une la moralidad pública a la ley: los derechos individuales.

Hace varios días en un programa televisivo de noticias se informaba la caída de un árbol sobre la residencia de una persona, dañando una buena parte de ésta.  La periodista que informaba, al final del reporte se torna amenazante hacia la cámara y comenta: ... el gobierno no ha hecho nada.  Se requiere un alto grado de dependencia para confundir las necesidades humanas con derechos individuales.  Si usted admite que las necesidades humanas son responsabilidad colectiva, entonces hay que ceder derechos individuales, lo cual es el principio del marxismo. 
Esto nos ocurre a diario sin que nos percatemos, como lo ilustra el siguiente incidente.  A petición de un pequeño grupo de médicos, la legislatura aprobó la celebración de un referéndum para considerar la colegiación de este grupo profesional.  Sospechando los médicos repercusiones negativas de la reforma de salud ya iniciada, votaron cuatro a uno por el gremio (en 1977 ante la consideración de un SUS por la administración del entonces gobernador Hernández Colón, también hubo un movimiento de colegiación.  Al descartarse la propuesta, se disolvió la idea del colegio).  Esto hace obligatoria la filiación de todo aquel que intente ejercer medicina en Puerto Rico.  Además se le confiere al colegio poder de ley para regular la práctica médica.  En un artículo publicado en el diario El Nuevo Día, denuncié la violación a mi derecho para asociarme libremente, el cual está garantizado por las dos constituciones que nos rigen.  Me tuve que conformar con tan bizantina denuncia pues, la Corte Suprema de los EE.UU. ha declarado reiteradamente que la autorregulación de las profesiones, por estar revestida de interés público, es razón suficiente para  sacrificar los derechos individuales.

Ciertamente, para convivir en sociedad se requiere limitar la libertad y autonomía individual en favor de un orden.  La extensión de tal limitación está determinada por los derechos individuales.  Por ejemplo, detenerse en un semáforo en rojo, es una limitación de mi autonomía que resulta ser moral en tanto que está en función del derecho de los otros individuos a transitar en otro sentido.  Sin embargo, la confiscación del producto del trabajo de un individuo por parte del estado (impuestos) para financiar servicios de salud gratuitos a los que no los pueden o no quieren pagar, debería ser ilegal por inconstitucional, en tanto que no existe tal cosa como derecho a servicios médicos gratuitos.  De hecho, para permitirle al gobierno el cobro de impuestos a los ciudadanos en 1910, hubo que enmendar la constitución americana (hace varias semanas oí a un congresista decir que si el gobierno se desembarazara de la beneficencia pública, se podría descontinuar el cobro de  impuestos personales manteniéndose el gobierno con las entradas restantes como arbitrios, impuestos a corporaciones, etc.). 
Si se admite que el hombre es un ente productivo, entonces su convivencia en sociedad no requiere el sacrificio de nadie.  Por el contrario, la dependencia que permite a unos consumir el producto del trabajo de otros, es la verdadera amenaza social que establece como legal y moral esta injusticia.  La única sociedad que llena los requisitos para la vida como hombre, esto es, que permite que la supremacía de la razón haga posible las virtudes y la producción de valores, es aquella que garantiza la soberanía individual para pensar y actuar sin interferencia o permiso de nadie, sin violar los derechos de los demás ciudadanos.  La soberanía de un país está en función de la soberanía individual.  Ningún país puede ser libre y soberano si sus ciudadanos no lo son.  Los derechos colectivos no existen; ningún grupo puede adquirir derechos adicionales a los individuos (lo contrario sería una tiranía de la mayoría).  La unidad indivisible de libertad es el hombre; ninguna parte de uno ni la asociación de muchos puede tener más derechos (la base moral para toda asociación o grupo beneficioso, es el derecho y provecho individual).  La función del gobierno es la protección de estos derechos individuales pues, la libertad es el único requisito social para el uso de la razón como medio para sobrevivir.  Cualquier otra cosa es vida animalizada que sólo requiere un espíritu de colmena, como diría Cela.
Si al gobierno se le cede poder adicional, entonces, las libertades individuales se reducen pues, éstas están en relación inversamente proporcional al poder del estado.  Mientras más leyes y reglamento se le permita promulgar al gobierno, más restringida estará la libertad de los ciudadanos para actuar sin permiso (actuar por permiso es lo contrario a actuar por derecho). Por qué ciudadanos libres querrían hacer tal cosa voluntariamente?  Porque la libertad para escoger o decidir el curso de nuestras vidas sin la intervención de autoridades lleva implícita la posibilidad de equivocarnos.  La probabilidad de errar aumenta cuando sustituimos la realidad objetiva por otro tipo de metafísica, la razón por otra epistemología y la ética del interés propio por altruismo colectivista (la cooperación y la asociación entre individuos es necesaria para el progreso de la civilización pero tiene que ser voluntaria y de beneficio mutuo, de lo contrario es injusta y esclavizante).
Ante la posibilidad de equivocarnos y quedar sin recursos para responder por nuestras ideas y acciones (responsabilidad), el estado poderoso, regidor de la vida ciudadana, es algo parecido a un seguro que protege  contra la irresponsabilidad y la irracionalidad (lo que eufemísticamente se conoce como debilidad y a los que la ejercen, débiles, término que tanto ha inspirado el asalto a la libertad en favor de la justicia social).  La concentración de poder en el aparato estatal se conoce como estatismo.

Opino que la lección histórica más importante del siglo 20 es la evidente malignidad del estatismo. El estatismo ensayado durante este siglo, ya sea socialista (Unión Soviética, China, Cuba...) o capitalista (España franquista, el Chile de Pinochet, el federalismo norteamericano, el coloniaje puertorriqueño...) han bloqueado o limitado el progreso económico y social de casi todos los países por medio de una impertinente intervención de la economía y el comercio (doméstico e internacional).  Pero los pueblos tienen poca memoria.  Los puertorriqueños hemos olvidado la esclavitud y el abuso colonial de la Madre Patria y los norteamericanos ya no recuerdan que los colonos prefirieron aventurarse hacia un destino desconocido huyendo de la represión religiosa, impuestos abusivos y el poder de la Corona.
Los Founding Fathers de la nación norteamericana tuvieron una visión tan genial de los peligros que acecharían la institución de un gobierno liberal (naciente idea europea) que idearon el sistema republicano que diluye el poder político en tres ramas: ejecutiva, judicial y legislativa.  Esta idea tenía como propósito hacer difícil el gobernar y reducir la probabilidad de concentrar poder excesivo en el estado (algunos habían propuesto un rey o un emperador).  La constitución americana estableció un límite preciso a la acción gubernamental y ubicó el poder absoluto en los ciudadanos.  Este laissez faire a la americana conduciría a esa nación a convertirse en poco tiempo en una potencia mundial con una economía poderosa.  Las oleadas de inmigrantes la calificarían como la Tierra de la Libertad, The Land of the Free.  Pero no por mucho tiempo.

Durante este siglo el federalismo ha concentrado un poder inmenso fomentando un nacionalismo oportunista en tiempos difíciles (la Gran Depresión provocó el   New Deal; Korea, Vietnam y la Guerra Fría el Great Society).  Estas movidas hacia el comunitarismo (y por tanto aumento de la dependencia ciudadana y del poder del estado) han conducido a los EE.UU. a una situación económica y social... delicada.  La reacción de los ciudadanos y entidades que se oponen a esta pérdida lenta pero constante de las libertades individuales, ha tomado proporciones criminales como ocurrió con el asesinato de JFK y el bombazo de Oklahoma.  Las milicias civiles, armadas hasta los dientes, se organizan por doquiera para defenderse del gobierno federal o... para cualquier contingencia.  La tragedia en Waco, Texas ha movido un gran número de líderes religiosos a defender la libertad de culto y a condenar el poder del gobierno federal.  En una encuesta realizada por Galop a raíz de los incidentes Waco-Oklahoma, el 54% de los encuestados admitió que el gobierno federal era una amenaza real; el 39% piensa que es una amenaza inmediata.  Varios de los estados más ricos de la unión tienen movimientos secesionistas o independentistas importantes (Texas, Alaska, California...).  Estos estados cuestionan la confiscación desproporcional de fondos para el sostenimiento de estados pobres ... y Puerto Rico pretende ingresar a la Unión como uno de estos estados pobres!!!).
Puerto Rico mejoró su condición tercer-mundista con la operación Manos a la Obra del recién inaugurado Commonwealth de mediados de siglo.  El trabajo fue la piedra angular de este progreso hasta que la explosión benefactora del Great Society (1965) llegó a nuestras playas convirtiendo al 60% de nuestra población en beneficiarios de transferencias federales.  La dependencia ha llegado a tal punto que el Congreso americano no sabe qué hacer con Puerto Rico.  Peor aún, nosotros no sabemos qué hacer, según se desprende de los resultados del último plebiscito.  Mientras tanto nos arropa la criminalidad, los vicios, el desempleo, la chabacanería y la corrupción gubernamental.  Paradójicamente, estamos entre los primeros países con más automóviles por persona (primeros con un automóvil por cada 1.5 habitantes), más videocaseteras y televisores, mayor cantidad de personas con televisión por cable, mayor consumo de alcohol y drogas (en promedios).  En medio de esta debacle moral y social, la mejor idea del gobierno ha sido comprar un plan privado de salud para los pobrescon el dinero de los trabajadores. Qué hacer?

Si en algo está de acuerdo todo el mundo es que la producción individual es la única fuente de riqueza que tiene un efecto beneficioso para la sociedad.  Si usted examina lo ocurrido en Venezuela, podrá notar que una mejoría en la economía sin la producción individual no resuelve los males sociales.  La nacionalización de las riquezas petroleras condujo al gobierno a subsidiar a la población necesitada.  Esta welferizacióndel país ha creado serios problemas sociales a pesar que la economía nacional continúa pujante.  En Caracas nada más, asesinan 3,500 personas cada año.  Esta ciudad capital está rodeada por un cinturón de pobreza extraordinario como consecuencia del desempleo y el analfabetismo.  Son el trabajo y la educación los elementos esenciales para la convivencia social sin conflictos.  Para eso se requiere una economía saludable y menos beneficencia pública.  Esto no es posible lograrlo en Puerto Rico con la presente intervención gubernamental  en la economía.  Para invertir capital en nuestro país se requiere tener tendencias suicidas.
Si nuestra economía no ha colapsado en las últimas décadas, ha sido por la coyuntura histórica que condujo a los EE.UU. a promover la repatriación de capital corporativo americano en el extranjero a través de alguno de sus territorios (sec.936).  En vías de cumplirse tal objetivo, disminuirá el beneficio económico para nuestra isla.
Disminuir el estatismo y permitir que las fuerzas del mercado delimiten una nueva economía para Puerto Rico es una tarea sinsífica.  Usted pensará que he enloquecido si le digo que entre los tres partidos políticos principales no hay grandes diferencias ideológicas.  Si no me cree sólo elimine de éstos las diferencias en relación al status (estadidad, commonwealth e independencia) y verá que  todos promulgan el mantenimiento de un estado poderoso y regidor de todo (hasta se han reglamentado las trifulcas matrimoniales).  No es una casualidad que la mayoría de los miembros de los dos partidos principales voten en las primarias del Partido Demócrata americano, el cual en Estados Unidos es considerado como un centro- izquierda mentor del welfare state.  Tal parece que el insularismo del status ha paralizado ideológicamente al puertorriqueño tornándose incapaz de pensar alternativas de organización social distintas a las dadas desde la metrópolis.

Aumentar la beneficencia pública (tarjetas de salud, vales educativos, etc.) y subir el salario mínimo son dos ejemplos de medidas que marchan en sentido contrario a la razón.  Los salarios, en una economía libre, dependen de la oferta y demanda en el mercado de empleo.   Si el gobierno interviene en esta relación, se trastoca toda la economía.  En Japón los salarios son altos porque el desempleo es bajo y no viceversa como aparentemente creen nuestros políticos.  Aunque no hubiera salario mínimo, la beneficencia pública de lujo que tenemos en nuestro país provocaría el mismo efecto.  Basta con sumar el valor en dólares de lo que por derecho recibe una familia de cuatro o cinco personas en beneficencia pública (cupones de alimento, casa por Aplan 8", subsidios por electricidad y agua, plan médico privado, etc.) y notará que tales transferencias (como se le dice ahora para no avergonzar al beneficiario) están por encima del salario mínimo federal. Quién va a trabajar por ese salario?  Quién va a invertir capital bajo esas circunstancias? Para qué los jóvenes pobres querrían educarse?
Cualquiera que resulte ser el status político de P.R., requerirá el desarrollo económico desde ahora, para detener la degeneración social de este noble pueblo.  La medicina para componer este valetudinario país es amarga; unos no la querrán tomar, otros evitarán prescribirla.  Para ésos que prefieren vivir soñando, el despertar será rudo.

CODA

La welferización de nuestro país es consecuencia de la pesca de votos en río revuelto de nuestros políticos.  Esto ha ocurrido a expensas de todo aquello que nos ha sido legado por la civilización de occidente.  Ni siquiera las puertas de la Casa de la Medicina han podido detener el saqueo de esta horda de vándalos.  La defensa de los principios y fundamentos de esta venerable ciencia-arte es una obligación de todo aquel cuyas virtudes, valores, orgullo y existencia hayan sido servidos por este patrimonio de la humanidad.

Esta colosal hazaña quedaría inconclusa si no erradicamos, de una vez y por todas, a estos  bárbaros, los cuales con furia vikinga, pretenden devolver nuestra civilización al mero acto de mano-boca.  Debemos arrebatarles el poder que la naturaleza le ha otorgado a su mayestática selección: el individuo pensante, libre y soberano.